LAS PROVINCIAS –
Por ELISA NÚÑEZ SÁNCHEZ, exconsellera de Justicia e Interior, Doctora en Derecho y experta en inmigración.
El Papa no se limitó a evocar un pasado glorioso. Propuso una tarea para el presente.
El discurso pronunciado por León XIV ante el Congreso de los Diputados no admitió ser reducido a una mera intervención protocolaria. Constituyó, por el contrario, un texto de significación teológico-política que interpeló directamente los fundamentos morales de la vida democrática en España. En su alocución, articuló dos grandes ejes: la afirmación de la persona humana como centro y límite de toda acción política, y la invitación a un renacimiento de la Doctrina Social de la Iglesia en España a partir de la memoria intelectual de la Escuela de Salamanca.
El primer núcleo argumentativo reposó sobre una convicción central: la dignidad de la persona no es una concesión del Estado ni un producto del consenso mutable, sino una verdad ontológica que precede y orienta todo ordenamiento jurídico positivo. Frente a las corrientes utilitaristas que miden el valor de la vida por su productividad, recordó que «la grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad».
Esta afirmación implicó consecuencias concretas para la tarea legislativa: el derecho debe servir a la persona, y no al revés. Señaló que una ley no alcanza su verdadera grandeza por el mero hecho de haber sido aprobada, sino cuando «puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse». Así restauró una cuestión esencial: ¿qué concepción del ser humano inspira las leyes? La referencia explícita a la defensa de la vida desde la concepción hasta su ocaso natural, así como a la vulnerabilidad del migrante, del enfermo y del anciano, lo situaron en la línea de una Doctrina Social que considera la protección de los más débiles como una meta de civilización, no como una opción confesional.
El segundo gran eje poseyó un alcance particular para España. León XIV evocó la Escuela de Salamanca y, de modo señalado, la figura de Francisco de Vitoria, como cuna de una reflexión que introdujo «la pregunta por el valor irreductible de todo ser humano y los límites morales del poder». Aquellos maestros del siglo XVI comprendieron que la razón no podía legitimar cualquier resultado de la fuerza; afirmaron vínculos jurídicos y morales entre los pueblos y sentaron las bases de un derecho internacional fundado en la dignidad común.
León XIV fue consciente de que ni la sociedad ni la Iglesia estuvieron siempre a la altura de aquellas intuiciones, pero subrayó que el legado sigue vivo. Añadió que esa herencia «vive también en estas Cortes, cada vez que el legislador se pregunta cómo hacer que lo posible sea justo, que lo legal sea verdaderamente humano».
La referencia a Salamanca no fue un ejercicio de erudición, sino una invitación a repensar la Doctrina Social de la Iglesia desde su matriz intelectual española. Durante demasiado tiempo, esta doctrina ha sido marginada en el debate público, reducida a lugares comunes o instrumentalizada. Sin embargo, sus principios —destinación universal de los bienes, opción por los pobres, primado del trabajo, subsidiariedad, solidaridad— constituyen un corpus teórico de primera magnitud para afrontar los desafíos contemporáneos: inteligencia artificial, crisis migratoria, rearme internacional.
El Papa no se limitó a evocar un pasado glorioso. Propuso una tarea para el presente: el renacimiento de la Doctrina Social de la Iglesia en España, no como repetición de fórmulas, sino como aplicación de sus principios a realidades inéditas. La inteligencia artificial exige discernir «qué lugar ocupa la persona humana». El drama migratorio reclama ir «más allá de la mera gestión de flujos». La libertad religiosa, defendida como derecho fundamental, necesita ser comprendida como reconocimiento positivo de la dimensión espiritual. Asimismo, situó a la familia como realidad humana primera y recordó el derecho primario e inalienable de los padres a elegir la educación de sus hijos, afirmaciones que inciden en esferas de autonomía que ninguna mayoría legítima puede suprimir.
Concluyó con una reflexión sobre la política y el lenguaje. Advirtió contra la degeneración de la pluralidad en descalificación permanente e invitó a «desarmar el lenguaje» para hacer posible el encuentro en la discrepancia. La mirada hacia el lucernario del Congreso y hacia las pinturas que evocan el Decálogo y el Evangelio significó que la política necesita reconocer una medida que la precede y la supera: la verdad sobre la persona, la justicia como límite al poder, el bien común como horizonte irrenunciable.
León XIV ofreció a España algo más que una visita pastoral. Devolvió a la conversación pública la pregunta por el fundamento último de la ley y señaló en la tradición intelectual hispana una fuente viva para un renacimiento ético. Corresponde ahora a los legisladores, intelectuales y ciudadanía decidir si están dispuestos a recolocar a la persona en el centro de la política.
España posee la memoria y la audacia necesarias. Falta la voluntad.

