LAS PROVINCIAS –
Por ELISA NÚÑEZ SÁNCHEZ, exconsellera de Justicia e Interior
En un mundo donde las garantías individuales a menudo se dan por sentadas, es crucial recordar que no todos los sistemas jurídicos han buscado proteger al ciudadano. Un examen comparativo entre el Derecho Penal nacionalsocialista y el liberal-democrático no es un mero ejercicio académico; es una advertencia histórica y una reafirmación de los pilares que sostienen una sociedad justa. Dos visiones radicalmente opuestas de la Justicia que delinearon el destino de millones de personas.
Nuestras democracias liberales han forjado un Sistema Penal que, aunque no es perfecto, está diseñado para ser un escudo protector contra la arbitrariedad estatal. Se asienta sobre cuatro principios que emergieron tras siglos de lucha por la libertad y la dignidad humana. El primero es la Ley como única guía; el Principio de Legalidad, que establece que no hay delito ni pena sin una ley previa» (nulla poena sine lege) Significa que nadie puede ser castigado por algo que no estaba explícitamente penado por la ley antes de ser cometido.
Otro, el de Culpabilidad Personal, que únicamente castiga a quien ha actuado con intención o negligencia (con dolo). La responsabilidad penal es individual y ha de estar justificada; no se persigue a alguien por quién es, sino por lo que hace. El tercero es el de Proporcionalidad; esto es, la pena debe ser justa y adecuada a la gravedad del delito. No hay lugar para castigos desmedidos. Además, el sistema penal busca la Reinserción del condenado, no solo el castigo. Por último, y no por ello menos importante, el de la Presunción de Inocencia; todo acusado es inocente hasta que se demuestre lo contrario en un procedimiento judicial con todas las garantías procesales. La carga de la prueba recae en el Estado, no en el individuo.
Estos principios no son meras formalidades; son las garantías que nos distinguen de la tiranía asegurando que el Ius Puniendi del Estado esté siempre limitado y al servicio de la Justicia. Frente a esta construcción de garantías, se alza la oscura figura del Derecho Penal Nazi; un sistema que desmanteló cada uno de estos pilares para instrumentalizar el terror y la persecución.
El régimen de Adolf Hitler, líder del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP), no concebía la ley como un límite al poder sino como una herramienta para imponer su ideología. El principio de legalidad fue pulverizado pudiendo castigar cualquier conducta que el régimen considerara «perjudicial» para la «comunidad del pueblo» (Volksgemeinschaft), incluso si no estaba tipificada como delito. Los jueces no juzgaban conforme a la ley, sino según el «sano sentimiento del pueblo» (gesundes Volksempfinden) o la voluntad del Führer, abriendo la puerta a una arbitrariedad sin límites.
La culpabilidad individual fue reemplazada por la peligrosidad. No importaba tanto lo que habías hecho, sino quién eras o qué representabas para el régimen nazi. Judíos, gitanos, homosexuales, disidentes políticos… todos fueron catalogados como enemigos del pueblo y perseguidos no por delitos concretos, sino por su mera existencia o su supuesta naturaleza. La presunción de inocencia fue una quimera; la detención preventiva sin cargos, los juicios farsa y la ausencia de defensa efectiva eran la norma. Las penas no buscaban la Justicia, sino la aniquilación. La tortura, la prisión sin juicio y el exterminio en campos de concentración se convirtieron en la máxima expresión de un sistema que utilizó el derecho penal como un arma de terror masivo para purgar y controlar a la sociedad.
La comparación entre estos dos sistemas no es solo una mirada al pasado; es una advertencia constante. Hoy, el auge de la extrema derecha en Europa representa un peligro real de regresar a esas tesis nacionalsocialistas que creíamos superadas. En muchos países, partidos de ultraderecha están ganando terreno, capitalizando el descontento social, la desigualdad y los miedos identitarios.
La retórica de estos grupos, a menudo basada en la xenofobia, el racismo y el nacionalismo extremo, recuerda inquietantemente los discursos de odio de épocas pasadas que condujeron a la Segunda Guerra Mundial, la mayor época de aniquilación humana jamás conocida. La deslegitimación de la diversidad y la promoción de la pureza identitaria son ecos de un tiempo que no debemos olvidar. Resuena en las teorías del “Gran Reemplazo” o de la “Reemigración” que el humanismo cristiano, pilar de la cultura europea, rechaza frontalmente. Este resurgimiento no solo amenaza los logros democráticos, sino que también pone en riesgo los principios fundamentales de justicia que han costado tanto esfuerzo conquistar.
La defensa de la Legalidad, la Culpabilidad, la Proporcionalidad, la Presunción de Inocencia y la Reinserción no son caprichos jurídicos; son las bases de nuestra libertad y dignidad. Mantenerlos firmes es una responsabilidad de todos para asegurar que la sombra del totalitarismo nunca más oscurezca la luz de la Justicia.

