LAS PROVINCIAS –
Por ELISA NÚÑEZ SÁNCHEZ, exconsellera de Justicia e Interior, Doctora en Derecho y experta en inmigración.
Traté de imprimir una manera de gestionar basada en tres ejes que en situaciones límite dejan de ser conceptos teóricos: anticipación, coordinación y unidad de mando
El monte cruje distinto este año. No es una impresión vaga, es algo que se percibe al caminarlo: la tierra removida por lluvias torrenciales, los surcos del arrastre, la vegetación crecida de forma irregular tras meses de sequía. En la llamada zona DANA de la Comunitat Valenciana, el paisaje ha dejado de ser previsible. Todo parece más extremo, más frágil, más propenso a arder.
Mientras avanzo por pistas forestales todavía marcadas por intervenciones recientes, los técnicos coinciden en un diagnóstico inquietante: el riesgo de megaincendios ya no es estacional. Se ha alargado y puede extenderse hasta bien entrado el otoño. Lo que antes era campaña de verano ahora se ha convertido en una amenaza persistente, alimentada por la combinación de combustible orgánico acumulado, lluvias explosivas y un territorio desordenado por el arrastre constante de materiales.
En ese contexto resulta inevitable reconstruir lo que viví en los incendios de Montitxelvo, Tàrbena, Cortes de Pallás y también Campanar. Lugares distintos, naturalezas diferentes, pero atravesados por una misma tensión: la de una emergencia que ya no responde a patrones conocidos. Recuerdo el sonido constante de los medios aéreos, el olor denso, la sensación de urgencia que no desaparece ni siquiera cuando el fuego parece estabilizarse del todo.
En todos esos escenarios hubo algo que marcó la diferencia y que sobre el terreno se reconoce de inmediato: la forma en que se organiza la respuesta. Durante mi etapa como consellera de Justicia e Interior, entre julio de 2023 y julio de 2024, traté de imprimir una manera de gestionar basada en tres ejes que en situaciones límite dejan de ser conceptos teóricos: anticipación, coordinación y unidad de mando.
Lo vi con claridad en Montixelvo. Allí, el comportamiento del fuego estuvo condicionado por los fuertes vientos, por un terreno alterado con acumulaciones irregulares de combustible y cambios bruscos en la propagación. La clave no fue solo reaccionar, sino adelantarse. Trabajar con escenarios posibles, interpretar el terreno antes de que el fuego lo hiciera. Esa anticipación, discreta pero decisiva, permitió contener riesgos potencialmente mucho mayores.
En Cortes de Pallás, en cambio, lo determinante fue la coordinación. Cuando intervienen múltiples Administraciones; Generalitat, Consorcios Provinciales, Ayuntamientos y Cuerpos de Seguridad, el margen de error crece si no hay un engranaje claro. Allí la sensación era la contraria: los equipos hablaban un mismo lenguaje operativo, evitaban duplicidades y reducían tiempos muertos. Y eso en una emergencia se traduce directamente en eficacia real.
Campanar introdujo un elemento distinto, más duro y profundamente humano. El incendio no solo se midió en hectáreas o perímetros, sino en vidas. Las víctimas cambiaron el tono de la emergencia. La presión mediática, el impacto social y la necesidad de respuestas inmediatas podían haber desbordado cualquier estructura. Sin embargo, incluso en ese contexto, la gestión mantuvo un hilo conductor reconocible y firme en las decisiones.
La anticipación permitió ordenar decisiones en medio del caos. La coordinación evitó que la complejidad añadiera más daño al ya existente. Y la unidad de mando, tan discutida a veces en abstracto, la convertí en una herramienta concreta para sostener la operativa. No eliminó la tragedia, pero sí evitó que la desorganización agravara sus consecuencias en un momento especialmente crítico.
No puedo olvidar a un actor que rara vez ocupa titulares, pero cuya presencia resulta constante sobre el terreno: las Diputaciones. Especialmente en municipios pequeños o en situaciones que desbordan lo local, su papel es estructural. Aportan medios, sostienen recursos y permiten que la respuesta no dependa únicamente de la capacidad de cada Ayuntamiento implicado en una emergencia concreta.
Desde fuera, la gestión de una emergencia puede parecer una suma de intervenciones coordinadas casi de forma natural. Pero cuando uno está allí, percibe enseguida si existe orden o improvisación. En estos casos, lo que se vio fue un esfuerzo sostenido por integrar Administraciones bajo un mismo mando, apoyado en conocimiento normativo, y experiencia acumulada sobre el terreno por los profesionales.
Hoy, al recorrer este territorio más vulnerable que nunca, la sensación es clara: lo vivido no puede quedar como una suma de episodios bien resueltos. Debe convertirse en base para un cambio más profundo. La realidad ha evolucionado más rápida que el marco legal que organiza la respuesta ante emergencias cada vez más complejas y prolongadas.
La reforma de los mecanismos de coordinación entre Administraciones ya no es una opción, sino una necesidad urgente. Hace falta clarificar competencias, reforzar la cooperación y consolidar el papel de las Diputaciones como piezas clave del sistema. No se trata solo de responder mejor, sino de estar preparados para un tipo de emergencia que ha dejado de ser excepcional; el monte ha cambiado y lo seguirá haciendo en los próximos años. Se trata de seguir viendo el fuego antes de divisar el humo.

