LAS PROVINCIAS –
Por ELISA NÚÑEZ SÁNCHEZ, exconsellera de Justicia e Interior, Doctora en Derecho y experta en inmigración.
La socialdemocracia, concebida como espacio de encuentro y civilidad, ha cedido ante la lógica binaria de amigo y enemigo
Pedro Sánchez ha convertido la política española en un ejercicio de ilusionismo. Gobierna menos sobre el país que sobre la emoción colectiva que lo rodea. No gestiona España; la administra como una campaña permanente. Mientras otros intentan acordar, Sánchez busca dividir. Su arte no es arbitrar, sino manipular el juego.
El socialismo que representa ha dejado de ser una doctrina para convertirse en un dispositivo de poder. Su lógica remite al Maquiavelo que mide al príncipe por la eficacia del método, no por la justicia de su causa. Y en eso, Sánchez es impecable. Su Gobierno funciona como una maquinaria de confusión estratégica: asfixia a sus aliados, exaspera a sus adversarios y convierte el ruido en combustible.
Por la izquierda, ha diluido a sus socios hasta dejarlos irreconocibles. Sumar es una sombra tolerada. Iglesias le reprocha haber absorbido a toda la izquierda en torno a su figura, pero Sánchez aprendió la lección que González aplicó a los comunistas: la hegemonía se conquista, no se comparte. Por la derecha, la jugada es más audaz: ha inflado a Vox hasta convertirlo en su espantajo perfecto. Cada ascenso de Abascal es, en Ferraz, un motivo de celebración. El «peligro ultra» no es una amenaza: es una coartada.
El caso de Aragón ilustra el mecanismo. En las pasadas autonómicas, los dos grandes partidos retrocedieron y los extremos avanzaron. Lejos de inquietar a la Moncloa, el fenómeno encajó en su relato. El «voto útil o catástrofe» volvió a ser el eslogan encubierto. El resultado fue el refuerzo del sanchismo como refugio emocional frente al miedo. Sánchez ha logrado algo inédito desde la Transición: convertir la ansiedad colectiva en método de gobierno.
El PSOE de hoy ya no lidera el progresismo: lo secuestra bajo la amenaza de su desaparición si Sánchez cae. La socialdemocracia, concebida como espacio de encuentro y civilidad, ha cedido ante la lógica binaria de amigo y enemigo. No hay discusión de ideas, sino alineamientos morales. El presidente no instruye a la sociedad, la asusta; no busca persuadir, sino movilizar. Es el viejo recurso de quienes entendieron que el miedo es más rentable que la esperanza.
En este panorama, el Partido Popular tiene ante sí una oportunidad que va más allá de la mera oposición. Puede optar por romper la dinámica de la polarización y ofrecer una alternativa constructiva, alejada de la simple reacción.
Los de Feijoo pueden decidir disputar el relato. Pueden exponer que el sanchismo, más que unir, erosiona al propio PSOE, fractura los territorios y agota a sus bases. Convertir al presidente en un problema interno del socialismo sería un golpe eficaz. Pero para eso necesita un proyecto propio, sólido, creíble y diferenciado. No basta pactar con Vox allí donde los acuerdos son necesarios; hay que explicar por qué se producen y cómo se aspira a gobernar sin ellos. No basta con señalar el error ajeno; hay que ofrecer un camino mejor.
Sánchez no teme la confrontación; la necesita. El conflicto es su oxígeno. Lo que teme es el vacío que quedaría si la crispación se agotara. Por eso, toda alternativa que aspire a desbancarlo debe empezar por disputarle el relato. Desmontar la ficción de que el sanchismo es el último dique frente al extremismo. Para ello, bastaría con evidenciar que su liderazgo erosiona la calidad democrática. Pero esa evidencia debe ir acompañada de una propuesta de regeneración, no de ajuste de cuentas.
Feijóo tiene la oportunidad de encarnar una derecha que no dependa del miedo al contrario para existir. Una derecha capaz de hablar al centro, de atraer al descontento moderado y de presentarse como garantía institucional frente a la precarización del Estado. Si logra desprenderse de los reflejos defensivos y ofrece una visión de país estable, sólida y previsible, dejará de ser la sombra que Sánchez necesita para justificarse.
Sánchez es, sobre todo, un táctico sin ideología. Su única convicción es su supervivencia. Ha reducido la política a una coreografía de gestos calculados, donde lo importante no es el rumbo del país, sino el guion del siguiente acto. Ha logrado que los españoles no voten a favor de nadie, sino en contra de alguien. Ha reemplazado el debate público por la emocionalidad a la carta, el proyecto por la impostura.
España no necesita salvadores, sino gobernantes. No necesita ser protegida del miedo, sino liberada de quienes lo fabrican. Gobernar es prever, y aquí ya no se prevé: se improvisa. La política se ha degradado en un ejercicio de supervivencia personal. Sánchez cruzó ese umbral hace tiempo. Su habilidad es innegable; también su cinismo. Y cuanto más dure este ciclo de manipulación -de propaganda, de espantajos, de guerras verbales-, más costará reconstruir una democracia adormecida, habituada a elegir no entre programas, sino entre emociones: el miedo y la rabia.

