LAS PROVINCIAS –
Por ELISA NÚÑEZ SÁNCHEZ, exconsellera de Justicia e Interior
Lo más grave es la instrumentalización del conflicto bélico como herramienta de polarización doméstica
Mientras los proyectiles arrasaban Irán y el planeta contenía el aliento ante una escalada militar de desenlace incierto, Pedro Sánchez comparecía ante las cámaras en la Moncloa recordando a Rodríguez Zapatero. Su proclama retumbó como un latiguillo: «No a la guerra». Pero tras esa fachada de estadista comprometido con la Paz cunde una sospecha que incomoda: ¿no estaremos asistiendo a la enésima operación de maquillaje de un presidente que ha encontrado en la figura de Donald Trump el antagonista idóneo para insuflar vida a su electorado?
Sánchez ha conseguido lo que parecía quimérico: metamorfosear una crisis de dimensiones planetarias en un marketing electoral. Su posicionamiento, que algunos califican de valiente, lo sitúa en las antípodas del eje formado por París, Berlín y Londres que, con sus matices y reservas, han preferido sostener el puente trasatlántico. Pero el ademán de Sánchez no es el de un hombre de Estado, sino el de un superviviente que precisa oxígeno para no ahogarse. Con más de la mitad del censo electoral mostrando su descontento con su gestión y una legislatura encallada, la esfera internacional se ha transmutado en el único proscenio donde aún puede perfilar su silueta.
El meollo no reside en que España proclame su vocación pacífica. Más bien reside en que la paz se ha trocado en utilería electoral. Sánchez no capitanea una posición europea: la improvisa, la personaliza y la proyecta como un gesto de rebeldía moral frente al inquilino del Despacho Oval. Esa instantánea le sirve para movilizar a una izquierda ávida de referentes, pero empeña algo infinitamente más valioso: la fiabilidad de España como interlocutor previsible en el concierto de las democracias atlánticas.
Las mediciones demoscópicas le sonríen en esta jugada. Una abrumadora mayoría de españoles alberga una percepción negativa al retorno de Donald Trump a la política internacional. Sánchez conoce al dedillo ese estado de ánimo y lo exprime sin ambages. Sabe que condenar la contienda en Gaza, desdeñar el incremento del gasto defensivo que reclama la OTAN, o desmarcarse de las políticas migratorias que llegan de Washington son actuaciones bien vistas por sus filas. Pero gobernar no consiste únicamente en capitalizar el humor social; consiste también en anticipar desenlaces y apuntalar alianzas. Y en ese territorio, el inquilino de La Moncloa empieza a acumular facturas cuyo pago se antoja cada vez más oneroso.
Y es que el cálculo electoral no puede suplantar a la estrategia de Estado. Al comportarse como si la acción exterior fuese un coto privado, Sánchez alimenta la percepción de que España navega a la deriva, huérfana de rumbo, a merced de los ciclos comiciales y de los impulsos tácticos de su líder. Además, su desmarque no se produce en el vacío. Mientras él se yergue como adalid de la «legalidad internacional» frente a la «ley del más fuerte» que pregona Trump, sus colegas europeos le observan con estupor. Esa deriva conlleva un peaje: España se desdibuja en los foros decisorios europeos, ve mermado su peso político, y siembra interrogantes sobre su confiabilidad como aliado.
Lo más grave es la instrumentalización del conflicto bélico como herramienta de polarización doméstica. Al convertir la crisis iraní en un artefacto de confrontación interior, Sánchez no solo aísla a España de sus socios históricos, sino que envilece el debate público. La Paz no puede ser un eslogan de campaña y la política exterior no puede estar al servicio de una estrategia de supervivencia personal. Sin embargo, ha logrado que así sea. Mientras las bombas siembran el horror en Irán y el precio del crudo amenaza con desbocar las economías europeas, él comparece ante las cámaras erigiéndose en el paladín de la concordia, como si la concordia fuera una ocurrencia publicitaria y no una construcción política exigente y compleja.
La operación tiene una virtud desde su óptica: neutraliza a su competencia política por el flanco izquierdo. Mientras otras voces reclaman la salida de la Alianza Atlántica, Sánchez se presenta como el gestor ecuánime, el hombre de la «paz posible». Con su posición nos extrae de nuestro hábitat natural, que no es otro que el mundo occidental, y nos instala en una suerte de excepcionalidad crónica, aunque ello le permita aspirar a liderar no solo a la izquierda española, sino a convertirse en referente moral de un “progresismo europeo” huérfano.
Y la duda es si esta postura resistirá el envite del tiempo, o si no es más que un espejismo fabricado para remontar unas malas expectativas electorales cuando la cita de julio de 2027 está cerca. Una duda que exige una respuesta: ¿podrá el líder del PSOE proseguir su campaña electoral permanente cuando amaine el fragor de la batalla y llegue la hora de recomponer los puentes atlánticos deteriorados?”. Ustedes mismos.

