LAS PROVINCIAS–
Por ELISA NÚÑEZ SÁNCHEZ, exconsellera de Justicia e Interior, Doctora en Derecho y experta en inmigración.
España vuelve a las urnas. Y una vez más, el circo político nos quiere vender esta cita como un debate sobre «dos modelos de país». Nada más lejos. Lo que se dirime el 29N no es un choque de ideologías ni un proyecto de futuro. Lo que se debate es si Pedro Sánchez sigue en La Moncloa o si España recupera el rumbo.
La política española lleva demasiado tiempo secuestrada por la figura de Sánchez, que ha convertido cada institución y cada comparecencia en un plebiscito sobre su persona. La campaña del 29N no es excepción. Para la izquierda, no se trata de evaluar una gestión que ha batido récords de endeudamiento y presión fiscal, sino de elegir entre la democracia o el retroceso. Un marco maniqueo para que el votante no piense en políticas concretas, sino en el miedo.
El ejemplo más vergonzoso es la vulneración de nuestra integridad territorial en Ceuta. Durante años, el presidente ha mirado hacia otro lado mientras Marruecos utilizaba la presión migratoria como arma. La crisis de 2021, cuando miles de marroquíes cruzaron la frontera, no fue un accidente: fue el resultado de una política exterior negligente que priorizó el entendimiento con Rabat a cualquier precio.
Y en 2026, más de lo mismo. No ha defendido Ceuta con firmeza; ha normalizado la instrumentalización del paso y permitido que Rabat dicte nuestros tiempos migratorios. Mientras tanto, los ceutíes siguen esperando una respuesta contundente. No es inhumanidad, es dignidad nacional: una frontera es un límite, no una sugerencia. Y Sánchez ha convertido la frontera sur en un coladero que beneficia a las mafias y castiga a los españoles que ven tensionadas, entre otras, su sanidad y educación.
La respuesta del Ejecutivo no ha sido endurecer el control, sino acusar de racismo a quien señala la evidencia. Porque este abandono de Ceuta es la misma moneda con la que se pagó el de los saharauis, entregados sin pudor a las pretensiones de la monarquía alauí. Y mientras tanto, Sánchez coloca en la Internacional Socialista a los socialistas marroquíes, quienes no dudan en reivindicar públicamente la soberanía de Ceuta, Melilla y Canarias. Es el mismo patrón: complacer a Rabat en casa y en el extranjero, a costa de los españoles. Una política exterior que no defiende lo nuestro, que regala dignidad ajena y que deja a los ceutíes solos ante un vecino que sabe que puede dictar las reglas. España no puede seguir siendo rehén de los intereses de Marruecos.
Otro tanto ocurre con la vivienda. Sánchez presume de políticas públicas inexistentes que han convertido un problema real en una crisis nacional. Su plan estatal no ha construido ni una mínima parte de lo prometido. El alquiler se ha disparado y los jóvenes no pueden emanciparse porque el mercado está intervenido, asfixiado por una ley que ha expulsado a propietarios y reducido la oferta. La intervención pública ha agravado el problema.
Frente a esto, existe una alternativa sensata: liberar suelo, agilizar licencias, bajar impuestos a los propietarios que alquilen y fomentar la construcción. Menos Estado, más mercado, más oferta. Pero Sánchez no quiere debatir de eso, porque implicaría reconocer su fracaso. Los españoles no pueden esperar más soluciones que nunca llegan.
El tercer pilar es la cuestión territorial. Sánchez ha convertido la debilidad en método. Para seguir en el poder, acepta las reglas de quienes quieren romper España: indultos, amnistías y cesiones en financiación que rompen la igualdad. Ha entregado política penitenciaria y fiscalidad a los independentistas a cambio de votos. Todo por un día más en La Moncloa.
Frente a esta deriva, la alternativa defiende la unidad nacional, la igualdad de todos los españoles y el cumplimiento de la Constitución. No es revanchismo, es sentido de Estado. ¿Queremos un presidente que negocia con quienes quieren romper España o un Gobierno que defienda la unidad sin complejos?
En lo económico, el contraste es nítido. Sánchez ha elevado la presión fiscal a máximos, ha creado impuestos que solo existen en España y ha disparado la deuda. Las familias pagan más por la luz, la compra y la hipoteca. La alternativa propone rebajar impuestos a rentas medias y bajas, eliminar el tributo a grandes fortunas, reducir el IVA de alimentos y bajar impuestos a los jóvenes. No es ideología, es gestión: menos gasto superfluo, menos burocracia y más dinero en el bolsillo.
Así que no nos engañemos. El 29N no se debate entre «dos modelos de país». Se debate entre seguir con un presidente que ha convertido España en un país ingobernable, fracturado y empobrecido, o recuperar el rumbo con un Gobierno que defienda la unidad, la libertad y la prosperidad. La pregunta no es «Pedro sí o Pedro no», aunque el sanchismo quiera reducirlo a eso. La pregunta es si España merece algo mejor que Pedro Sánchez.
