LAS PROVINCIAS –
Por ELISA NÚÑEZ SÁNCHEZ, exconsellera de Justicia e Interior
Ya en su época, Larra decía que hay cosas en España que no tienen solución, que son las más. Entre las cosas que no tienen solución, ni pueden conllevarse desde hace tiempo, está la división existente entre los diversos feminismos para hacer efectivo el art. 14 de la Constitución cuando se aborda la no discriminación entre españoles por razón de sexo como Derecho Fundamental. Una división que deviene en polarización extrema hoy en España.
Esa división, especialmente conceptual, se traduce en la práctica política descalificando el esfuerzo que desde las Administraciones Públicas se hace para erradicar de una vez por todas la lacra de feminicidios que causa la violencia ejercida sobre la mujer: si el enfoque feminista no es radical, es negacionista. Una postura que ignora la variedad del movimiento feminista en mor de cierta hegemonía autoproclamada por la izquierda radical. En la derecha también defendemos los derechos de la mujer, condenamos toda violencia que sobre ella se ejerce y trabajamos a diario para garantizar la protección de todas las víctimas.
A diferencia del feminismo radical que muestra al hombre como enemigo de una mujer sometida que lucha por liberarse, defiendo el de complementariedad o neofeminismo que caracteriza al hombre como un igual. Y esto es así, porque estoy convencida que la diferencia de sexos no implica superioridad ni inferioridad entre hombre y mujer, ya que desconfío de una ideología, con pretensiones de ser la única posible, que transforma la lucha de clases en lucha de sexos (como defiende el feminismo radical o neomarxista). Sensu contrario, el neofeminismo ha sabido conservar y ahondar en la defensa de la igualdad de derechos entre el hombre y la mujer, sin renegar de la atención a los llamados valores femeninos; ello implica reconocer la complementariedad del varón y la mujer, así como la riqueza que la misma aporta, tanto a nivel personal como social y familiar.
Es bien conocido que la modernidad supuso para la mujer, la exclusión de la vida política, jurídica, económica y cultural. Su discriminación en estos ámbitos tuvo consecuencias muy negativas, no solo para su realización personal, sino también para toda la sociedad de su época. Frente a esta situación surgió el primer feminismo –o feminismo liberal-, cuya lucha por la igualdad de derechos entre hombres y mujeres llevó a cabo una aportación innegable. Sin embargo, este feminismo implicó una defensa de la mujer sobre unos presupuestos claros: la devaluación de lo que tradicionalmente había sido el espacio social femenino, la familia, a favor del ámbito de lo público. En definitiva, se presuponía, que para realizarse personalmente, la mujer tenía que renegar de aquellas actividades que tradicionalmente, habían constituido su ámbito social, sucumbiendo ante los valores modernos de la productividad y del éxito.
Frente a este feminismo liberal de la igualdad, surgió un feminismo de la diferencia. Éste reivindicó la importancia de los valores que tradicionalmente había defendido la mujer. No obstante, tuvo el desacierto de hacerlo desde una posición de exaltación unilateral de lo femenino. Este feminismo consideró al varón como un ser irredento, condenado a guiarse exclusivamente por criterios de poder y violencia. Cometiendo por ello, a mi juicio, un grave error: el de atribuir al sexo masculino, como si fuera su esencia o naturaleza, los caracteres y modos de construir la realidad que a éste le había asignado la modernidad.
El tercer feminismo, o feminismo radical, procedente del anterior en los años sesenta (de inspiración marxista), propuso combatir las raíces de la opresión sobre mujer ejercida por hombre en una relación de dominio-sumisión. Nació en contraposición al feminismo liberal; este último describió la situación de las mujeres como desiguales respecto a los hombres, mientras que el feminismo radical la consideró una opresión o explotación. Así mismo, mientras que el feminismo liberal abogó por una emancipación de las mujeres a través de una igualdad legal, el feminismo radical requirió un cambio en todos los niveles sociales y culturales de la sociedad para su emancipación.
Algunos de los planteamientos y de las reivindicaciones del feminismo radical fueron y son: denuncias de la cosificación sexual de las mujeres; reconocimiento de la sexualidad y del deseo como una construcción política; visibilización de la llamada violencia de género contra las mujeres como un constructo cultural; crítica al androcentrismo; crítica a la división sexual del trabajo. Es innegable que el feminismo radical ha ido adquiriendo popularidad recientemente porque se sitúa en el centro de algunos debates públicos, especialmente en España, al reiterar, como verdad única, la ideología de género en la que el sujeto político del feminismo no son las mujeres definidas por su sexo, sino por su género como expresión de su subjetividad; argumentando que quienes han nacido biológicamente con caracteres femeninos, o no, pero se sienten mujeres, son quienes sufren la opresión del patriarcado y deben ser el objeto de la lucha feminista.
Pero existe un cuarto feminismo, conocido como feminismo de la complementariedad, que pretende conservar y ahondar en la defensa de la igualdad de derechos entre el hombre y la mujer, propia del primer feminismo y destaca que la defensa de tal igualdad no debe implicar, necesariamente, un igualitarismo. Busca hacer compatibles igualdad y diferencia, sin que ninguna de estas categorías lesione a la otra. Se trata, en consecuencia, de evitar caer en los errores de ambos, tanto del igualitarismo como el de la diferenciación. Ambos son excesos en los que han incidido quienes han desequilibrado la balanza a favor de la diferencia o, por el contrario, de la igualdad.
El feminismo nació en su momento, desde una perspectiva de oposición para luchar por aquello que las mujeres no tenían, como el derecho al voto o el derecho a ser jueces o militares. Se trataba de una flagrante injusticia social. Hoy, desde el feminismo de la complementariedad, o neofeminismo, las mujeres, queremos ejercer nuestros derechos con perspectivas y soluciones que incluyan la sensibilidad femenina; esto es, desde el mundo femenino. Y hablar del mundo femenino significa llevar siempre consigo el mundo familiar. Es decir, no tener en cuenta sólo los intereses personales sino también los intereses de cada uno de los integrantes de la unidad familiar, especialmente de sus miembros más vulnerables.
Cuando la mujer piensa en lo femenino no piensa sólo en sí misma, piensa en una sociedad constituida a partir de la familia, de la cohesión social, del núcleo social. ¿Qué es la sociedad, sino una agrupación de muchas familias que interactúan entre ellas? Esta es la riqueza de la mujer, que no razona nunca desde el núcleo individual, sino siempre desde núcleos sociales. Por ejemplo, las mujeres se han hecho cargo de muchas de las actividades que exigen una respuesta seria a la situación de los grupos más frágiles de la sociedad, como sucedió en la etapa de confinamiento de la pandemia.
La verdadera novedad del neofeminismo es que aboga por que la mujer no renuncie ni a su familia ni a su autorrealización personal. Lo quiere todo: una familia unida y una carrera profesional desarrollada al máximo respecto a cierta mentalidad masculina que tiende a no valorar suficientemente las posturas de las mujeres a la hora de decidir y ocupar el mismo puesto, por ejemplo, o a compartir las obligaciones que devienen de la vida familiar, que siempre están menos relacionadas con el provecho económico y más orientadas a poner en valor lo humano. Abogo por un modelo fundado en el esfuerzo y la fortaleza conjunta, en la meritocracia aplicada por igual a hombres y mujeres.
Integrar lo familiar con lo profesional significa apreciar al hombre, quererle, valorarle, colaborar. Esto no tiene nada que ver con someter al hombre como señala el feminismo radical. Esa visión de ciertas feministas está deformada y es peligrosa. Creo que puede asumirse perfectamente que los hombres hacen mejor unas cosas y las mujeres otras, y que podemos, además, hacerlas conjuntamente. En mi opinión, las mejores soluciones posibles saldrán de la combinación de las aportaciones del hombre y de la mujer, integrando ambos puntos de vista.
En definitiva, defiendo un modelo de prevención y combate contra la violencia sobre las mujeres sin necesidad de trazar una correlación entre masculinidad y violencia, y condeno el feminicidio con las máximas penas. Un feminismo de combate contra todo tipo de discriminación en todos sus aspectos y acabar con los estereotipos culturales que consideran a la mujer en una condición de subordinación sin caracterizar al hombre como el enemigo.
