LAS PROVINCIAS –
Por ELISA NÚÑEZ SÁNCHEZ, exconsellera de Justicia e Interior, Doctora en Derecho y experta en inmigración.
Mientras España tiene un problema con la inmigración, la izquierda española lo tiene con la solución. Entre ambos media un abismo que se ensancha cada día. Y quien debería tomar las decisiones correctas – el gobierno de Pedro Sánchez – prefiere mirar a otro lado y acusar de fake news a quien le señale lo evidente.
Lo evidente es que los partidos socialdemócratas de Dinamarca, Suecia y Noruega —no Vox, no Meloni, sino la izquierda nórdica, la del Welfare State y los sindicatos— han ejecutado el giro migratorio más radical de Europa. Y lo han hecho en nombre de sus principios socialdemócratas, no a pesar de ellos. Si esto se hubiera dicho en un pleno de las Cortes Valencianas, el PSPV lo hubiera tildado de “facha”. Pero si lo dice Mette Frederiksen, le votan. La diferencia no es de ideas: es de hipocresía. No es un giro táctico: es una enmienda a la totalidad del relato que aquí se vende como progresista.
Mette Frederiksen gobierna Dinamarca desde 2019. Es socialdemócrata, de la misma familia política de PSOE. Ha convertido su país en laboratorio de la restricción migratoria más severa de Europa. El objetivo declarado: cero solicitantes de asilo. En 2024 concedió asilo a 864 personas, la cifra más baja en cuarenta años. El inventario se leería como un programa de Vox, si Vox se atreviera a tanto: confiscación de bienes a solicitantes de asilo, declaración de zonas seguras en Siria para revocar permisos mientras la guerra continuaba, externalización del asilo a Ruanda, reunificación familiar asfixiada con la regla de los 24 años, retirada de nacionalidad a combatientes con doble pasaporte.
En mayo de 2025, firmó un acuerdo con Giorgia Meloni para reformar el Convenio Europeo de Inmigración y Asilo. Así ha sido. Mette Frederiksen no ha perdido elecciones: las ha ganado, logrando en 2022 el mejor resultado socialdemócrata desde 2001, mientras la extrema derecha danesa se desplomaba a un solo escaño en las europeas de 2024. No fue la generosidad la que contuvo la extrema derecha. Fue lo contrario. ¿Alguien en el PSOE ha leído esto?
Suecia era el paraíso que la izquierda española citaba de ejemplo. En mayo de 2025, tras un debate intenso, los socialdemócratas suecos aprobaron su primer nuevo programa en doce años: una política migratoria sostenible que, durante un periodo previsible, necesita ser estricta. Y lo resumen así: “No porque estemos copiando a la extrema derecha, sino porque la realidad ha cambiado”. Cuatro palabras que la izquierda española no se atreve a pronunciar, porque admitirlas sería admitir que su modelo ha fracasado: que el multiculturalismo sin condiciones no produce integración, sino segregación, y que quien paga las consecuencias no son los columnistas de Chamberí, sino los obreros de barrios donde el Welfare State ya no llega.
El resultado electoral lo confirma: el pasado 13 de septiembre, la socialdemócrata Magdalena Anderson ganó las elecciones generales suecas con un discurso de “mano dura” con la inmigración. Su programa electoral incluye reducir la concesión de asilo a los niveles mínimos permitidos por la UE, endurecer los requisitos de ciudadanía, con mayores exigencias de idioma e integración, y un refuerzo de las obligaciones de actividad y formación para quienes reciben ayudas públicas. Los socialdemócratas obtuvieron en 2022 su peor resultado desde 1911, perdiendo en los barrios populares que eran su bastión. Hoy los han recuperado con su giro hacia una izquierda más dura con la inmigración frenando a la ultraderecha que hace cuatro años fue la fuerza política más votada,
Noruega, Jonas Gahr Støre ganó de nuevo en 2025. Representa la vía intermedia: cuotas ONU en vez de asilo en frontera, investigación individual exigida para residencia permanente, acuerdos con terceros países. Hasta debatieron si “estricta” era demasiado dura y la sustituyeron por “consecuente” para calificar su política migratoria Da igual la palabra: incluso el partido más moderado del bloque socialista nórdico ha aceptado que una inmigración regular y controlada es solamente “sentido común”.
No hay socialista nórdico que ignore que el control migratorio es también una política de clase. Pero la izquierda española ha convertido la inmigración descontrolada, sin medidas de integración, en dogma religioso: controlar es blasfemia, dudar es herejía. No hay debate, solo consignas y el recurso sistemático al insulto como argumento. Es totalitarismo blando; y funciona hasta que deja de funcionar.
La socialdemocracia nórdica no se ha vuelto de derechas: ha vuelto a sus raíces, recordando que su misión era proteger a los trabajadores, no abrir fronteras sin condición. La izquierda española puede seguir descalificando a quien proponga controles. Pero con cada grito insulta a Frederiksen, a Andersson, a Støre: a sus colegas socialistas europeos. Dinamarca, Suecia y Noruega han mostrado el espejo. Aquí puede mirarse en él o romperlo. Pero los trozos cortan.

