LAS PROVINCIAS –
Por ELISA NÚÑEZ SÁNCHEZ, exconsellera de Justicia e Interior, Doctora en Derecho y experta en inmigración.
Cada verano se repite la misma historia, A más calor, más incendios; como si el problema se resolviera con una frase bienintencionada y una rueda de prensa. Pero esa explicación es insuficiente, cómoda y, en el fondo, tramposa. El aumento de temperaturas agrava el riesgo, sí; pero lo que convierte ese riesgo en una ola de incendios virulentos, extensos y fuera de control es otra cosa mucho más concreta: montes abandonados, cargados de biomasa, ganadería extensiva en retroceso y una política forestal demasiado débil para afrontar el problema.
Este verano no estamos viendo simples incendios forestales, sino la consecuencia directa de décadas de dejación. La monografía presentada por Cajamar hace apenas dos semanas advertía que España afronta una nueva generación de incendios más virulentos y extensos por el abandono, por la acumulación de combustible vegetal y el cambio climático científico. No es una intuición ideológica: es una advertencia técnica. Y la clave está en algo que se repite en todos los diagnósticos: el combustible.
Lo que arde inicialmente no es el bosque. Lo que arde es la biomasa acumulada durante años: ramas secas, matorral denso, maleza y restos de vegetación sin gestión, desencadenando un gran incendio. La falta de aprovechamiento y limpieza ha convertido nuestro patrimonio natural en depósitos de materia inflamable, listos para explotar cuando coinciden una ola de calor, el estrés hídrico prolongado y el viento.
Esa es la diferencia específica de los incendios actuales: no solo son más frecuentes o extensos; son mucho más virulentos. No avanzan como fuegos normales, sino como fenómenos alimentados por una enorme energía almacenada en el paisaje. Si el monte estuviera gestionado, fragmentado y aclarado, el fuego seguiría siendo un riesgo, pero no tendría la misma capacidad de devorar miles de hectáreas en pocas horas.
Lo ocurrido en julio lo confirma: más de 61.000 hectáreas quemadas, 12 fallecidos y miles de evacuados. Una primavera cálida secó la biomasa acumulada. El calor fue el detonante, sí; pero el combustible ya estaba ahí. Organizaciones agrarias y alcaldes llevan años denunciando el abandono de las prácticas tradicionales, la desaparición del mosaico de cultivos y pastos, y la falta de gestión activa. Esa combinación ha creado paisajes continuos, perfectos para que el fuego corra sin freno.
Durante años se nos ha vendido una idea peligrosa: Proteger el monte es no tocarlo. Un discurso que suena bien en las oficinas, pero que sobre el terreno no es válido.
En ecosistemas mediterráneos, dejar la vegetación crecer sin control no es conservación; es acumulación de biomasa inflamable. Y cuando la prevención se sustituye por un discurso burocrático, el resultado es previsible: más combustible, más continuidad, más propagación.
Hay que decirlo sin rodeos. Existe un ecologismo de escaparate que ha terminado dañando aquello que dice defender. Ese ecologismo burocrático y distante del terreno ha convertido cualquier intervención en sospecha y cualquier desbroce en una presunta agresión al medio. Pero el monte no se salva con consignas. Se salva con gestión, con continuidad rural, con aprovechamiento forestal y con un criterio técnico que deje de romantizar el abandono.
Conviene recordar que la discusión parlamentaria sobre los recursos destinados a la prevención de incendios no debería centrarse únicamente en las cifras que se consignan en los presupuestos, sino en la ejecución real que se alcanza de los mismos. De nada sirve aprobar partidas si el dinero no se traduce después en creación y mantenimiento de cortafuegos y pistas forestales, construcción de depósitos hídricos, ganadería extensiva o quemas controladas. La eficacia de una verdadera política forestal no se mide en euros presupuestados, sino en hectáreas gestionadas y en riesgos reducidos sobre el terreno. Porque proteger sin gestionar no es proteger; es, sencillamente, negligencia.
No limpiar el sotobosque, no extraer biomasa donde procede, no recuperar usos tradicionales ni mantener discontinuidades en el paisaje no es neutralidad ecológica. Es acumular combustible vegetal. Y especialmente cuando llega el verano o una primavera anormalmente seca, ese combustible prende y convierte el territorio en una trampa.
La prevención de incendios no se improvisa cuando ya hay humo en el horizonte. Se lleva a cabo todo el año a través del Fondo de Cooperación para la Prevención de Incendios Forestales, destinado a los municipios, quemas controladas, ganadería extensiva y recuperación del mosaico agrario-forestal.
Todo eso exige dinero, pero sobre todo exige romper con una idea errónea: que el monte se protege mejor cuanto menos se interviene.
La discusión ya no es si el cambio climático influye, que lo hace. La cuestión es por qué seguimos dejando que ese factor actúe sobre un territorio preparado para arder. Si no actuamos y la gestión forestal sigue siendo insuficiente, cada año se repetirá el mismo desastre, pero con peores cifras. Y entonces no servirá de nada volver a culpar al termómetro. Los incendios habrán empezado mucho antes: en la dejación.

